19 de marzo de 2012

El cuchillo de palo

Sé que alguien que te repite que "cuando crezcas sabrás lo que es bueno", es alguien que intentará hacértelo saber cuanto antes, aunque todavía no hayas crecido lo suficiente.




 Yo aún no he crecido del todo, pero sé bastantes cosas que son buenas. Lo suficientemente buenas como para ir tirando. Y aunque a veces sean ellas las que me tiren a mí, no me preocupa, porque "cuando crezcas, sabrás lo que es bueno". 
 Fanecas, mejillones, ensalada de pepino, gazpacho... Yo que sé. Adaptarse a la vida es como probar una comida diferente cada día después de años comiendo solo macarrones. Enriquece y te abre puertas hacia nuevas sensaciones. Aunque dejar los macarrones de lado es complicado, "tanto ricos como están"...

 Resulta especialmente complicado adaptarse si se está solo. Cuando uno no levanta más de medio metro del suelo, es difícil ver lo que está en las baldas más altas de la estantería. Y esas cosas de altura, por lo general, suelen ser las más interesantes. Por eso, hasta que no crezcas, es necesario que alguien te las vaya acercando.

 Gracias a ello, aunque todavía no he crecido lo suficiente, ya sé que cuando se tiene edad, o cuando todavía no, hay que leer "El Libro de la Selva", si es tu película Disney favorita. Para que sepas lo que es bueno. O "Notre Dame de París", para que no te distraiga la versión distorsionada del tío Walt.
Pero, precisamente por eso, porque aún no he crecido lo suficiente, todavía sigo viendo las películas que me gustan una y otra vez, aunque me las sepa de memoria. Y para ganar argumentos, aún me queda el respaldo de verlas en versión original.

 Del mismo modo, al igual que hace años que sé que nunca habrá nada mejor que una novela -por buena que sea la adaptación cinematográfica-, que no hay que menospreciar los clásicos, y que nunca se tienen suficientes libros -si son lo suficientemente buenos-. No hace tanto que sé cómo de buenas deberán ser las canciones que se deben escuchar.
 Estas, además de tener buena música, han de ofrecer: o bien una buena letra o bien no decir ni una sola palabra. Porque tener una voz "de sapo atropellado" no impide que alguien pueda ser el mejor de los cantantes si sabe decir lo que queremos escuchar, en el primer caso. Y porque lo que queremos escuchar no tiente por qué estar necesariamente dicho con palabras, en el segundo.

 Menos mal que existe esa segunda posibilidad. Porque si el mundo estuviese hecho solo de palabras, nosotros no nos habríamos dicho ni la mitad. Aunque la mayoría las conozca gracias a ti.
 Menos mal. Porque entonces no podría haberte dicho que, ahora que ya me acuerdo yo sola de cómo se vuelve a casa, he aprendido que se puede estar en casa en cualquier parte. Que una casa es sólo una casa. Una persona es un hogar.
 Que ahora sé que para adaptarse a la vida hace falta que alguien te lea por las noches antes de terminar de enseñarte a leer sola. Que lo prolongue hasta que empieces a ser tú la que ofrezca qué leer y tenga que empezar a ejercer de crítico. Porque, el cuchillo de palo de casa del herrero no era un cuchillo, era un lápiz.

 Que, ahora que ya sé qué cosas hay que pedir "por favor", y por cuales hay que dar las "gracias". No podría dártelas a ti.

 Todavía no he crecido lo suficiente. Pero sí lo bastante como para no tener el folio, con macarrones pegados, de rigor. No hay folio.
 Macarrones sí que había. Pero es que los macarrones he preferido comérmelos, porque"tanto ricos como están"...

Feliz Día al hombre que lo empezó todo.







12 de marzo de 2012

Los mejores

Fuimos tan en presente que ahora sólo somos un futuro en pasado. 
Nunca tuvimos ningún pretérito. 
Por eso ahora los tenemos todos.




Esta mañana, el cristal de la ventana rogaba que saliese el sol. Estaba impaciente. Tanto, que se acercó de tal manera al exterior para mirar la calle que se llenó de vaho a sí mismo.
Yo lo miraba desde la cama. Y estoy segura de que, de no haber estado yo allí, se habría tirado. El vaho es la antesala del llorar de los cristales. Tengo una ventana depresiva.

Tiempo atrás, me gustaba dibujar en el vaho de las ventanas antes de que llorasen. Luego las limpiaba para que no estallasen en llanto.
Es triste ver llorar a un cristal. Además, hay que saber que está bien tenerles contentos, sobre todo si llevas gafas. A no ser que seas una de esas personas que llevan gafas sin cristales para sentir que dan un uso a una cabeza hueca.

Me habría levantado a consolarla esta mañana, pero recordé que antes hacía muchas cosas que ahora no recuerdo cómo hacer, como la cama.
Hacer la cama para uno mismo es como comer patatas fritas con tenedor, o no eructar cuando se está solo.
Es fingir inútilmente.
Y no hacer la cama es la excusa perfecta para quedarse dentro, deshaciéndose el cerebro, y fingir que sigues cansado de no hacer nada.

Antes no fingíamos nunca. Ni siquiera sabíamos hacerlo.
Luego aprendimos. Nos enseñaron, de mala manera, que fingir que sabes lo que haces es más fácil que hacer creer a todo el mundo que haces la cama cada mañana. Y nos fuimos al carajo.

Después de ahogarnos con la primera calada, nos volvimos adictos. Nos apestaba el aliento a mentira, pero ya era tarde. El humo no nos dejaba vernos los unos a los otros, ni tampoco la salida de emergencia. Así que seguíamos fingiendo. Porque, total... de algo hay que morir.
Todavía ahora me escuecen los ojos cada vez que voy a los bares a los que solíamos ir. Todavía no se ha disipado el humo.

Antes, cuando todavía dibujábamos en el vaho de las ventanas, éramos mejores. Los mejores. Pero cuando se empieza a fingir, hay que descender un poco para poder seguir respirando, y es mejor sentarse a la sombra del podio, mirándonos pasar unos a otros sin decirnos nada. Diciéndonos de todo.

Antes, cuando todavía éramos los mejores, la lluvia nos mojaba, pero ya éramos el Océano Pacífico. El sol nos quemaba la piel, pero ya éramos fuego. Éramos tierra y aire haciendo el amor en una tormenta de arena.
Cuando fuimos los mejores no éramos nadie, pero estábamos todos.

Desde luego es mejor ser los mejores que el mejor.
Ahora, los mejores, es una mera sombra de humo.
Resulta algo triste.