12 de marzo de 2012

Los mejores

Fuimos tan en presente que ahora sólo somos un futuro en pasado. 
Nunca tuvimos ningún pretérito. 
Por eso ahora los tenemos todos.




Esta mañana, el cristal de la ventana rogaba que saliese el sol. Estaba impaciente. Tanto, que se acercó de tal manera al exterior para mirar la calle que se llenó de vaho a sí mismo.
Yo lo miraba desde la cama. Y estoy segura de que, de no haber estado yo allí, se habría tirado. El vaho es la antesala del llorar de los cristales. Tengo una ventana depresiva.

Tiempo atrás, me gustaba dibujar en el vaho de las ventanas antes de que llorasen. Luego las limpiaba para que no estallasen en llanto.
Es triste ver llorar a un cristal. Además, hay que saber que está bien tenerles contentos, sobre todo si llevas gafas. A no ser que seas una de esas personas que llevan gafas sin cristales para sentir que dan un uso a una cabeza hueca.

Me habría levantado a consolarla esta mañana, pero recordé que antes hacía muchas cosas que ahora no recuerdo cómo hacer, como la cama.
Hacer la cama para uno mismo es como comer patatas fritas con tenedor, o no eructar cuando se está solo.
Es fingir inútilmente.
Y no hacer la cama es la excusa perfecta para quedarse dentro, deshaciéndose el cerebro, y fingir que sigues cansado de no hacer nada.

Antes no fingíamos nunca. Ni siquiera sabíamos hacerlo.
Luego aprendimos. Nos enseñaron, de mala manera, que fingir que sabes lo que haces es más fácil que hacer creer a todo el mundo que haces la cama cada mañana. Y nos fuimos al carajo.

Después de ahogarnos con la primera calada, nos volvimos adictos. Nos apestaba el aliento a mentira, pero ya era tarde. El humo no nos dejaba vernos los unos a los otros, ni tampoco la salida de emergencia. Así que seguíamos fingiendo. Porque, total... de algo hay que morir.
Todavía ahora me escuecen los ojos cada vez que voy a los bares a los que solíamos ir. Todavía no se ha disipado el humo.

Antes, cuando todavía dibujábamos en el vaho de las ventanas, éramos mejores. Los mejores. Pero cuando se empieza a fingir, hay que descender un poco para poder seguir respirando, y es mejor sentarse a la sombra del podio, mirándonos pasar unos a otros sin decirnos nada. Diciéndonos de todo.

Antes, cuando todavía éramos los mejores, la lluvia nos mojaba, pero ya éramos el Océano Pacífico. El sol nos quemaba la piel, pero ya éramos fuego. Éramos tierra y aire haciendo el amor en una tormenta de arena.
Cuando fuimos los mejores no éramos nadie, pero estábamos todos.

Desde luego es mejor ser los mejores que el mejor.
Ahora, los mejores, es una mera sombra de humo.
Resulta algo triste.







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