16 de junio de 2012

Es así







 Soy consciente de la ausencia. Del silencio.
 De que las horas que pasan hoy son una copia de las horas de ayer, y un preludio de las de mañana.

 Soy tan consciente de todo, que ya no escribo nada. Ni nada ni nadie me escribe a mí. Es así.
 Y engordo yo, que soy un montón de folios en blanco, y engorda mi voz, de no moverse.
 Soy consciente de que el silencio potencia el sabor de la ausencia. Pero es que hay cosas que se piensan en un idioma que no se puede leer ni escribir. Es protección lingüística. Intimidad.

 Aun así, soy consciente de la ausencia. Por eso estoy escribiendo este silencio.
 Aunque podría asesinarlo en cualquier momento. Podría hacerlo escribiendo cualquier cosa. Podría escribir, por ejemplo, que fuera va a caer una tormenta enorme. Que hay tarta, pero lo que tengo es sed. Que esta tarde está durando una vida y solo acaba de nacer. Que no puedo esperar para verla morir ni puedo matar el tiempo viviendo en casa. Que oigo mi respiración y la televisión de los vecinos, que están en casa porque fuera va a caer una tormenta enorme.

Podría escribir que ya hace demasiado calor como para pensar en abrigarse, pero no suele hacer sol. Que ha llegado el punto en el que ya no puedo asegurar por dónde sale ni en qué cama se acuesta.
Que yo estoy sentada en la mía, para variar.
Contemplo mi reino sin súbditos.
Soy consciente de la ausencia.






6 de mayo de 2012

Hija

Para que exista una madre, primero ha tenido que haber una niña. Hasta ahí todo correcto. 
Pero para que exista una niña, primero ha tenido que haber una madre ¿no?. 
Lo cual nos conduce a la eterna incógnita: 
¿qué fue antes, el huevo o la gallina?





Creo que puede concluirse que todas las madres, aunque parezca increíble, también fueron niñas.
Pobres madres… Ninguna sabía lo que se le venía encima cuando nació. Aunque supongo nadie nace sabiendo si de sí nacerá otra persona o no (a excepción de los hombres, obviamente).
Una madre no puede saber desde niña que algún día pasará noches enteras intentando calmar a un monstruo berreante, ni interminables horas de contar cuentos y mentiras piadosas. Y tampoco que algún día tendrá que ejercer de taxista, enfermera, asistenta, banca... ni aprender a poner cara de estar recibiendo un Oscar ante una cartulina con macarrones pegados. Esa sin duda es la tarea más ardua de todas.

Una niña no puede conocer eso. Al menos, eso es lo que quiero creer. Porque en el caso de que pueda saberse, yo no tengo esa certeza; lo cual significa que, o bien soy un hombre, o bien el mundo no conocerá descendientes míos.
Intento tranquilizarme pensando que para que cualquiera de esas dos cosas ocurra todavía soy demasiado jóven. No quiero elegir ni mi nombre de trans ni el de mis hijos, por el momento. Aunque no sería tan difícil como todo lo que vendría después de elegirlos, claro.
Por eso intento tranquilizarme todos los días pensando que soy demasiado joven, aunque me sienta demasiado vieja. Demasiado vieja para ser una niña, pero demasiado joven para ser una madre.
Ante semejante desubicación siempre le queda una aferrarse a eso de decir que es "hija". Así que, para no mojarme, eso es lo que pone en mi tarjeta de presentación.

Después de toda cavilación posible, se puede extraer la segunda conclusión del día: Las madres tienen super-poderes. Una persona a la que se machaca de semejante manera y es capaz de sobrevivir holgadamente, tiene que tener más de un as escondido en la manga.
No sé cuales son esos ases. Y como un buen mago nunca desvela sus trucos, supongo que seguiré sin saberlo hasta el día que me vea obligada a fabricar los míos.
Será un día lejano, confío. Porque como ya he dicho antes, todavía soy demasiado joven. Pero llegará ese momento en que me haré con el secreto del sentido extra-sensorial que os permite percibir cualquier alteración en un hijo. ¿Lo compráis a granel cuando salís del hospital, verdad? ¿Os lo dan en proporción al peso del niño al nacer o algo por el estilo?
Ya veré como me lo monto... Aunque, la verdad, esa es una especie de ley no escrita que tampoco es que me quite mucho el sueño. Lo que sí que podría llegar a quitármelo es convertirme en una hija sin madre. Eso sí que son historias para no dormir.

Uno siempre piensa que al hacerse mayor todo el mundo es lo suficientemente valiente como para que no le de miedo ninguna cosa. Los niños son demasiado inocentes...
En cualquier momento de la vida, ser un hijo sin madre supondría algo semejante a que alquien secuestrase la luz del pasillo y se la llevase para siempre, donde nunca más pudiese desintegrar a los monstruos que rodean mi cama de noche. O como si de repente desaparecieran todas las sábanas del mundo y no pudiese dormir tapándome hasta la boca.
Por eso, la función más importante de una madre es esa. La incondicionalidad. Una madre es la luz que nunca se va a dormir.

A lo largo de una vida, las personas conocemos muchos tipos de luces y casi ninguna de ellas es fija. Pero no existe casi ningún tipo de fuerza que consiga hacer parpadear a las luces de la familia.
También hay un sol. La meta de toda vida que se precie, que cuesta mucho encontrar. Y como no es oro todo lo que brilla ni Sol todo lo que calienta, los Soles de imitación son capaces de enfriar los corazones más calientes cuando anochecen. Y cuando eso ocurre, es la luz que nunca se va a dormir la que duerme contigo cuando te acuestas llorando por las noches y te levantas con lágrimas en los ojos por la mañana.
Y es la luz que nunca se va a dormir la que habla contigo de madrugada cuando no existen más personas en un mundo lleno de gente. Es ella la que sobrevive a través del tiempo, los kilómetros y las líneas telefónicas.

Gracias por ser mi luz que nunca se va a dormir.
Te quiere tu hija, la ex-niña pre-(muy pero que muy pre)-madre.



23 de abril de 2012

Autodicción y chuletas

Por las mañanas se me atascan los párpados a mitad de apertura.
 Entonces, la luz entra por debajo, como un gato por una trampilla, lamiéndome el cerebro. Me hace cosquillas, pero no me río hasta la hora del café.
Y si no hay café, pues te jodes. 







A media luz, mis pies violan sin ningún criterio el primer par de zapatos que encuentran por el suelo. Ellos son así. Les vale cualquiera. El primero que pillan, porque, en tiempo de guerra, cualquier trinchera es buena. O eso dicen las malas lenguas.
No usamos protección desde que la lavadora desarrolló cleptomanía, pero no pienso comprar calcetines nuevos. Si cogemos alguna enfermedad, nos meteremos los tres juntos en la cama sin esos sucios zapatos, tomaremos ColaCao hasta que se nos inunde el cuerpo, y volveremos a cerrar los ojos para evitar derramar ni una sola gota. 
Y la mañana siguiente volveremos a empezar sin haber aprendido nada. Absolutamente nada. Y mis pies desnudos buscarán unos nuevos zapatos en los que morir de frío.

Como esa, hay muchas otras cosas tontas que nunca se llegan a aprender del todo. De ese tipo de cosas que nos apuntamos en la piel con bolígrafo, pero que solo logramos retener hasta que volvemos a lavarnos las manos.
Gastamos litros de tinta porque fiarse de la memoria es abrazar al riesgo. Si nos valemos de la memoria, esas cosas ridículas tienden a atascarse y no llegar a penetrar nunca en nosotros. Se quedan a medio camino haciendo caravana y obstruyéndonos la vida estúpidamente. Porque nosotros queremos.
Hasta que acabamos llegado a la conclusión de que hay demasiados bolígrafos vacíos y espacios mentales a medio llenar. Y nos ponemos a tocar el claxon durante años. Pero ya es tarde y aquí no se mueve ni Dios. Y comienza a asaltarnos la sensación de llevar toda la vida en el atasco de las cosas que nunca hemos aprendido. Encarcelados en un coche rojo. Porque todos somos, aunque sea en parte, del tipo de persona que se compra un coche rojo porque es llamativo, pero luego tinta los cristales de las ventanillas, para que los demás no vean como se saca los mocos en los semáforos.
Todos somos igual de gilipollas, y al que diga lo contrario deberíamos hacerle nuestro rey. El rey de los imbéciles. Porque aquí nos atascamos todos. No se libra ni el apuntador.
Yo me atasco, tú te atascas, él se atasca... Yo me atasco. Yo me atasco. Me atasco viva.
Soy a la que se le suele atascar la cremallera de los vaqueros, la puerta del armario y hasta la voz en la garganta. Se me atasca la vida a las ocho de la mañana y tiro de la cadena del váter. Y me enjuago la boca antes de hablar de nada porque así gano tiempo para pensar en todo. Pero nunca me enjuago después. Y el sabor a bilis que dejan algunas palabras permanece hasta que le doy un sorbo al Colacao frío que sobró la última vez que nos pusimos enfermos. Y aquí paz y después gloria.

Que yo me atasco, tú te atascas, él se atasca, nosotros nos atascamos, vosotros os atascáis, ellos se atascan. Pero da igual.
Porque tendremos los pies fríos las veinticuatro horas del día y las manos llenas de tinta azul, pero seguimos vivos.





2 de abril de 2012

La agorafobia de las palabras.

Muchas de las palabras que existen en el mundo, tienen agorafobia. 
La mayoría de las voces valientes se encierran detrás de unos labios cobardes, y vuelven hacia atrás hasta regresar a lo más profundo de las tripas. 
Me duele el estómago más de lo que me gustaría.




 Algunas de las palabras que más cuesta hacer salir, son las que suenan a platos rotos. Se clavan en la garganta, y escuece tanto y durante tanto tiempo después de haberles abierto la boca, que desearías no haber roto un plato en tu vida. No haber comprado, siquiera, platos que poder romper. 
 Pero conseguir una existencia sin una sola brusquedad, es prácticamente imposible. Llegar a cierta edad sin haber roto nada es incluso más difícil que conseguir curar una garganta infectada de palabras amargas.
 
 Odiamos las frases que suenan a platos rotos. Pero las más necesarias, las que repiquetean directamente desde una taquicardia, ni siquiera llegan a asomarse por los agujeros de la nariz, por si acaso. Porque nunca saben cuando pueden hacerse añicos; y porque, por lo general, las palabras más arriesgadas son también las más temerosas.
 Y entonces solo escuchamos miedo irracional. Agorafobia. Silencio.

 A veces creo que debería llover durante días, para hacer callar al silencio. Una lluvia negra. Más negra que los grillos de los silencios incómodos. Más negra que la tinta de todas las palabras que no decimos nunca. 
 Debería llover durante días y tronar los ecos de las voces que no suenan en los momentos apropiados. 
 No habría tormenta más perfecta. 
 No se vendería ni un solo paraguas.


19 de marzo de 2012

El cuchillo de palo

Sé que alguien que te repite que "cuando crezcas sabrás lo que es bueno", es alguien que intentará hacértelo saber cuanto antes, aunque todavía no hayas crecido lo suficiente.




 Yo aún no he crecido del todo, pero sé bastantes cosas que son buenas. Lo suficientemente buenas como para ir tirando. Y aunque a veces sean ellas las que me tiren a mí, no me preocupa, porque "cuando crezcas, sabrás lo que es bueno". 
 Fanecas, mejillones, ensalada de pepino, gazpacho... Yo que sé. Adaptarse a la vida es como probar una comida diferente cada día después de años comiendo solo macarrones. Enriquece y te abre puertas hacia nuevas sensaciones. Aunque dejar los macarrones de lado es complicado, "tanto ricos como están"...

 Resulta especialmente complicado adaptarse si se está solo. Cuando uno no levanta más de medio metro del suelo, es difícil ver lo que está en las baldas más altas de la estantería. Y esas cosas de altura, por lo general, suelen ser las más interesantes. Por eso, hasta que no crezcas, es necesario que alguien te las vaya acercando.

 Gracias a ello, aunque todavía no he crecido lo suficiente, ya sé que cuando se tiene edad, o cuando todavía no, hay que leer "El Libro de la Selva", si es tu película Disney favorita. Para que sepas lo que es bueno. O "Notre Dame de París", para que no te distraiga la versión distorsionada del tío Walt.
Pero, precisamente por eso, porque aún no he crecido lo suficiente, todavía sigo viendo las películas que me gustan una y otra vez, aunque me las sepa de memoria. Y para ganar argumentos, aún me queda el respaldo de verlas en versión original.

 Del mismo modo, al igual que hace años que sé que nunca habrá nada mejor que una novela -por buena que sea la adaptación cinematográfica-, que no hay que menospreciar los clásicos, y que nunca se tienen suficientes libros -si son lo suficientemente buenos-. No hace tanto que sé cómo de buenas deberán ser las canciones que se deben escuchar.
 Estas, además de tener buena música, han de ofrecer: o bien una buena letra o bien no decir ni una sola palabra. Porque tener una voz "de sapo atropellado" no impide que alguien pueda ser el mejor de los cantantes si sabe decir lo que queremos escuchar, en el primer caso. Y porque lo que queremos escuchar no tiente por qué estar necesariamente dicho con palabras, en el segundo.

 Menos mal que existe esa segunda posibilidad. Porque si el mundo estuviese hecho solo de palabras, nosotros no nos habríamos dicho ni la mitad. Aunque la mayoría las conozca gracias a ti.
 Menos mal. Porque entonces no podría haberte dicho que, ahora que ya me acuerdo yo sola de cómo se vuelve a casa, he aprendido que se puede estar en casa en cualquier parte. Que una casa es sólo una casa. Una persona es un hogar.
 Que ahora sé que para adaptarse a la vida hace falta que alguien te lea por las noches antes de terminar de enseñarte a leer sola. Que lo prolongue hasta que empieces a ser tú la que ofrezca qué leer y tenga que empezar a ejercer de crítico. Porque, el cuchillo de palo de casa del herrero no era un cuchillo, era un lápiz.

 Que, ahora que ya sé qué cosas hay que pedir "por favor", y por cuales hay que dar las "gracias". No podría dártelas a ti.

 Todavía no he crecido lo suficiente. Pero sí lo bastante como para no tener el folio, con macarrones pegados, de rigor. No hay folio.
 Macarrones sí que había. Pero es que los macarrones he preferido comérmelos, porque"tanto ricos como están"...

Feliz Día al hombre que lo empezó todo.







12 de marzo de 2012

Los mejores

Fuimos tan en presente que ahora sólo somos un futuro en pasado. 
Nunca tuvimos ningún pretérito. 
Por eso ahora los tenemos todos.




Esta mañana, el cristal de la ventana rogaba que saliese el sol. Estaba impaciente. Tanto, que se acercó de tal manera al exterior para mirar la calle que se llenó de vaho a sí mismo.
Yo lo miraba desde la cama. Y estoy segura de que, de no haber estado yo allí, se habría tirado. El vaho es la antesala del llorar de los cristales. Tengo una ventana depresiva.

Tiempo atrás, me gustaba dibujar en el vaho de las ventanas antes de que llorasen. Luego las limpiaba para que no estallasen en llanto.
Es triste ver llorar a un cristal. Además, hay que saber que está bien tenerles contentos, sobre todo si llevas gafas. A no ser que seas una de esas personas que llevan gafas sin cristales para sentir que dan un uso a una cabeza hueca.

Me habría levantado a consolarla esta mañana, pero recordé que antes hacía muchas cosas que ahora no recuerdo cómo hacer, como la cama.
Hacer la cama para uno mismo es como comer patatas fritas con tenedor, o no eructar cuando se está solo.
Es fingir inútilmente.
Y no hacer la cama es la excusa perfecta para quedarse dentro, deshaciéndose el cerebro, y fingir que sigues cansado de no hacer nada.

Antes no fingíamos nunca. Ni siquiera sabíamos hacerlo.
Luego aprendimos. Nos enseñaron, de mala manera, que fingir que sabes lo que haces es más fácil que hacer creer a todo el mundo que haces la cama cada mañana. Y nos fuimos al carajo.

Después de ahogarnos con la primera calada, nos volvimos adictos. Nos apestaba el aliento a mentira, pero ya era tarde. El humo no nos dejaba vernos los unos a los otros, ni tampoco la salida de emergencia. Así que seguíamos fingiendo. Porque, total... de algo hay que morir.
Todavía ahora me escuecen los ojos cada vez que voy a los bares a los que solíamos ir. Todavía no se ha disipado el humo.

Antes, cuando todavía dibujábamos en el vaho de las ventanas, éramos mejores. Los mejores. Pero cuando se empieza a fingir, hay que descender un poco para poder seguir respirando, y es mejor sentarse a la sombra del podio, mirándonos pasar unos a otros sin decirnos nada. Diciéndonos de todo.

Antes, cuando todavía éramos los mejores, la lluvia nos mojaba, pero ya éramos el Océano Pacífico. El sol nos quemaba la piel, pero ya éramos fuego. Éramos tierra y aire haciendo el amor en una tormenta de arena.
Cuando fuimos los mejores no éramos nadie, pero estábamos todos.

Desde luego es mejor ser los mejores que el mejor.
Ahora, los mejores, es una mera sombra de humo.
Resulta algo triste.







25 de febrero de 2012

Cómo convertirse en un auténtico imbécil. Nociones básicas para el tipo de a pie.


Señor usuario, la editorial se congratula en presentarle este tutorial, que le ayudará a convertirse en aquello que siempre deseó.
Al alcance de su mano, nunca de su cerebro.



Bien, como norma básica para empezar, debe encontrar algo que le haga sentirse completamente orgulloso y pagado de usted mismo. Puede ser la más ridícula de las chorradas; no importa el qué, solo debe preocuparse por sentirse superior por ello. Sea todo lo presuntuoso que pueda. Tenga en cuenta que no hay mejor imbécil que aquel que se cree brillante.

Tras haber elaborado su autoconfianza intente conseguir un grupo de borregos que le siga a todas partes. No será una tarea fácil. Pero una vez que se haga con un buen rebaño todo irá sobre ruedas. Sobre todo, recuerde que sus adeptos deben ser fieles y completamente dúctiles. De esta manera, podrá usted moldearlos a su imagen y semejanza.

Una vez acabado esto, esté seguro de no alejarse nunca  del burladero. Disfrute de la protección que le ofrecerá el sentimiento de superioridad recién adquirido, mientras mira por encima del hombro a aquellos a los que, con el tiempo, aprenderá a arrojar al suelo, cual cuco. Regodéese en su egocentrismo.
Si es usted mujer, maquillarse como una puerta, vestir de manera exagerada los días no festivos y actuar como un objeto le sumará puntos y conseguirá un nivel de estupidez reforzado. 
Si, por el contrario, usted es un varón, asegúrese de poner de manifiesto su hombría cada vez que se le dé la oportunidad; y si no se le da, hágalo de todas formas. Sea machista, ruidoso y desconsiderado.

En cuanto al atuendo, la ropa de marca no es necesaria si pone en práctica el contoneo adecuado. Refiriéndose a las mujeres: pronunciamiento exagerado de pecho y trasero al tiempo que inmola sus caderas con todo el peso de su cuerpo, derecha e izquierda según corresponda, hasta llevarlas al borde del descoyuntamiento. En el caso de los hombres: idéntica pronunciación del torso, acompañada de rigidez de los hombros y escasa movilidad de brazos. Para los más egocéntricos, se recomienda la Postura del Estreñido, véase: estado de tensión corporal, producida por la ejecución de fuerza muscular; que tiene como objeto la exposición de unos músculos que requieren el aumento de las horas de gimnasio, en detrimento de la capacidad neuronal.

Si usted es principiante y aún no maneja el contoneo, procure enmascarar su carencia con la ropa más cara que pueda encontrar; y recuerde que mientras su atuendo esté compuesto totalmente por trapitos de firma, el daltonismo está completamente permitido. Tenga siempre presente la regla de oro de la persona “cul”: “Importa el qué, el cómo es algo totalmente secundario”. Esta regla es aplicable tanto a mujeres como a hombres; los cuales, además, podrán coronar su atuendo con la prenda masculina por excelencia, la gorra, complemento ideal e imprescindible en la lista de regalos navideña de este año, que le privará de la obligación de peinarse. Además se les concede la licencia de no quitársela ni para ducharse.

Asegúrese de reír a cada sandez que el chabacano o verdulera de turno diga en su infinito cacareo, aunque ésta carezca de gracia o sentido para usted. Sin embargo, no deberá permitir bajo ningún concepto que cualquier otra persona consiga atraer más atención que usted. Por ello, tras haber reído la gracia de su colega, debe responder con otra sandez aún más gorda. Siempre debe decir la última palabra, aunque ésta se trate de una interjección o un gruñido falto de sentido dentro del contexto en el que se encuentre.

Continuando con la elaboración de la actitud del auténtico imbécil, criticar es tan importante como el aprender a no aceptar las críticas. El sentimiento de superioridad que adquirirá con el tiempo le impedirá tener una visión clara de usted mismo.
La mirada de desdén es un punto importante a trabajar. Para facilitar el trabajo, un buen entrenamiento mirando excrementos de perro conseguirá hacer de usted y de su cara la viva imagen de la repugnancia hacia cualquier individuo.

Una vez conseguidos todos estos preceptos, ¡enhorabuena! Es usted un auténtico imbécil. Tiene total derecho a ser superficial, vanidoso, pueril y engreído. Así que  insulte, apuñale, descalifique, atropelle y critique a sus borregos y, especialmente, a todos cuantos se pongan en su camino hasta que le sepa la boca a hipocresía.

No se reprima. A fin de cuentas, a nadie le importa lo que puedan pensar los demás.