23 de abril de 2012

Autodicción y chuletas

Por las mañanas se me atascan los párpados a mitad de apertura.
 Entonces, la luz entra por debajo, como un gato por una trampilla, lamiéndome el cerebro. Me hace cosquillas, pero no me río hasta la hora del café.
Y si no hay café, pues te jodes. 







A media luz, mis pies violan sin ningún criterio el primer par de zapatos que encuentran por el suelo. Ellos son así. Les vale cualquiera. El primero que pillan, porque, en tiempo de guerra, cualquier trinchera es buena. O eso dicen las malas lenguas.
No usamos protección desde que la lavadora desarrolló cleptomanía, pero no pienso comprar calcetines nuevos. Si cogemos alguna enfermedad, nos meteremos los tres juntos en la cama sin esos sucios zapatos, tomaremos ColaCao hasta que se nos inunde el cuerpo, y volveremos a cerrar los ojos para evitar derramar ni una sola gota. 
Y la mañana siguiente volveremos a empezar sin haber aprendido nada. Absolutamente nada. Y mis pies desnudos buscarán unos nuevos zapatos en los que morir de frío.

Como esa, hay muchas otras cosas tontas que nunca se llegan a aprender del todo. De ese tipo de cosas que nos apuntamos en la piel con bolígrafo, pero que solo logramos retener hasta que volvemos a lavarnos las manos.
Gastamos litros de tinta porque fiarse de la memoria es abrazar al riesgo. Si nos valemos de la memoria, esas cosas ridículas tienden a atascarse y no llegar a penetrar nunca en nosotros. Se quedan a medio camino haciendo caravana y obstruyéndonos la vida estúpidamente. Porque nosotros queremos.
Hasta que acabamos llegado a la conclusión de que hay demasiados bolígrafos vacíos y espacios mentales a medio llenar. Y nos ponemos a tocar el claxon durante años. Pero ya es tarde y aquí no se mueve ni Dios. Y comienza a asaltarnos la sensación de llevar toda la vida en el atasco de las cosas que nunca hemos aprendido. Encarcelados en un coche rojo. Porque todos somos, aunque sea en parte, del tipo de persona que se compra un coche rojo porque es llamativo, pero luego tinta los cristales de las ventanillas, para que los demás no vean como se saca los mocos en los semáforos.
Todos somos igual de gilipollas, y al que diga lo contrario deberíamos hacerle nuestro rey. El rey de los imbéciles. Porque aquí nos atascamos todos. No se libra ni el apuntador.
Yo me atasco, tú te atascas, él se atasca... Yo me atasco. Yo me atasco. Me atasco viva.
Soy a la que se le suele atascar la cremallera de los vaqueros, la puerta del armario y hasta la voz en la garganta. Se me atasca la vida a las ocho de la mañana y tiro de la cadena del váter. Y me enjuago la boca antes de hablar de nada porque así gano tiempo para pensar en todo. Pero nunca me enjuago después. Y el sabor a bilis que dejan algunas palabras permanece hasta que le doy un sorbo al Colacao frío que sobró la última vez que nos pusimos enfermos. Y aquí paz y después gloria.

Que yo me atasco, tú te atascas, él se atasca, nosotros nos atascamos, vosotros os atascáis, ellos se atascan. Pero da igual.
Porque tendremos los pies fríos las veinticuatro horas del día y las manos llenas de tinta azul, pero seguimos vivos.





2 de abril de 2012

La agorafobia de las palabras.

Muchas de las palabras que existen en el mundo, tienen agorafobia. 
La mayoría de las voces valientes se encierran detrás de unos labios cobardes, y vuelven hacia atrás hasta regresar a lo más profundo de las tripas. 
Me duele el estómago más de lo que me gustaría.




 Algunas de las palabras que más cuesta hacer salir, son las que suenan a platos rotos. Se clavan en la garganta, y escuece tanto y durante tanto tiempo después de haberles abierto la boca, que desearías no haber roto un plato en tu vida. No haber comprado, siquiera, platos que poder romper. 
 Pero conseguir una existencia sin una sola brusquedad, es prácticamente imposible. Llegar a cierta edad sin haber roto nada es incluso más difícil que conseguir curar una garganta infectada de palabras amargas.
 
 Odiamos las frases que suenan a platos rotos. Pero las más necesarias, las que repiquetean directamente desde una taquicardia, ni siquiera llegan a asomarse por los agujeros de la nariz, por si acaso. Porque nunca saben cuando pueden hacerse añicos; y porque, por lo general, las palabras más arriesgadas son también las más temerosas.
 Y entonces solo escuchamos miedo irracional. Agorafobia. Silencio.

 A veces creo que debería llover durante días, para hacer callar al silencio. Una lluvia negra. Más negra que los grillos de los silencios incómodos. Más negra que la tinta de todas las palabras que no decimos nunca. 
 Debería llover durante días y tronar los ecos de las voces que no suenan en los momentos apropiados. 
 No habría tormenta más perfecta. 
 No se vendería ni un solo paraguas.