16 de junio de 2012

Es así







 Soy consciente de la ausencia. Del silencio.
 De que las horas que pasan hoy son una copia de las horas de ayer, y un preludio de las de mañana.

 Soy tan consciente de todo, que ya no escribo nada. Ni nada ni nadie me escribe a mí. Es así.
 Y engordo yo, que soy un montón de folios en blanco, y engorda mi voz, de no moverse.
 Soy consciente de que el silencio potencia el sabor de la ausencia. Pero es que hay cosas que se piensan en un idioma que no se puede leer ni escribir. Es protección lingüística. Intimidad.

 Aun así, soy consciente de la ausencia. Por eso estoy escribiendo este silencio.
 Aunque podría asesinarlo en cualquier momento. Podría hacerlo escribiendo cualquier cosa. Podría escribir, por ejemplo, que fuera va a caer una tormenta enorme. Que hay tarta, pero lo que tengo es sed. Que esta tarde está durando una vida y solo acaba de nacer. Que no puedo esperar para verla morir ni puedo matar el tiempo viviendo en casa. Que oigo mi respiración y la televisión de los vecinos, que están en casa porque fuera va a caer una tormenta enorme.

Podría escribir que ya hace demasiado calor como para pensar en abrigarse, pero no suele hacer sol. Que ha llegado el punto en el que ya no puedo asegurar por dónde sale ni en qué cama se acuesta.
Que yo estoy sentada en la mía, para variar.
Contemplo mi reino sin súbditos.
Soy consciente de la ausencia.






6 de mayo de 2012

Hija

Para que exista una madre, primero ha tenido que haber una niña. Hasta ahí todo correcto. 
Pero para que exista una niña, primero ha tenido que haber una madre ¿no?. 
Lo cual nos conduce a la eterna incógnita: 
¿qué fue antes, el huevo o la gallina?





Creo que puede concluirse que todas las madres, aunque parezca increíble, también fueron niñas.
Pobres madres… Ninguna sabía lo que se le venía encima cuando nació. Aunque supongo nadie nace sabiendo si de sí nacerá otra persona o no (a excepción de los hombres, obviamente).
Una madre no puede saber desde niña que algún día pasará noches enteras intentando calmar a un monstruo berreante, ni interminables horas de contar cuentos y mentiras piadosas. Y tampoco que algún día tendrá que ejercer de taxista, enfermera, asistenta, banca... ni aprender a poner cara de estar recibiendo un Oscar ante una cartulina con macarrones pegados. Esa sin duda es la tarea más ardua de todas.

Una niña no puede conocer eso. Al menos, eso es lo que quiero creer. Porque en el caso de que pueda saberse, yo no tengo esa certeza; lo cual significa que, o bien soy un hombre, o bien el mundo no conocerá descendientes míos.
Intento tranquilizarme pensando que para que cualquiera de esas dos cosas ocurra todavía soy demasiado jóven. No quiero elegir ni mi nombre de trans ni el de mis hijos, por el momento. Aunque no sería tan difícil como todo lo que vendría después de elegirlos, claro.
Por eso intento tranquilizarme todos los días pensando que soy demasiado joven, aunque me sienta demasiado vieja. Demasiado vieja para ser una niña, pero demasiado joven para ser una madre.
Ante semejante desubicación siempre le queda una aferrarse a eso de decir que es "hija". Así que, para no mojarme, eso es lo que pone en mi tarjeta de presentación.

Después de toda cavilación posible, se puede extraer la segunda conclusión del día: Las madres tienen super-poderes. Una persona a la que se machaca de semejante manera y es capaz de sobrevivir holgadamente, tiene que tener más de un as escondido en la manga.
No sé cuales son esos ases. Y como un buen mago nunca desvela sus trucos, supongo que seguiré sin saberlo hasta el día que me vea obligada a fabricar los míos.
Será un día lejano, confío. Porque como ya he dicho antes, todavía soy demasiado joven. Pero llegará ese momento en que me haré con el secreto del sentido extra-sensorial que os permite percibir cualquier alteración en un hijo. ¿Lo compráis a granel cuando salís del hospital, verdad? ¿Os lo dan en proporción al peso del niño al nacer o algo por el estilo?
Ya veré como me lo monto... Aunque, la verdad, esa es una especie de ley no escrita que tampoco es que me quite mucho el sueño. Lo que sí que podría llegar a quitármelo es convertirme en una hija sin madre. Eso sí que son historias para no dormir.

Uno siempre piensa que al hacerse mayor todo el mundo es lo suficientemente valiente como para que no le de miedo ninguna cosa. Los niños son demasiado inocentes...
En cualquier momento de la vida, ser un hijo sin madre supondría algo semejante a que alquien secuestrase la luz del pasillo y se la llevase para siempre, donde nunca más pudiese desintegrar a los monstruos que rodean mi cama de noche. O como si de repente desaparecieran todas las sábanas del mundo y no pudiese dormir tapándome hasta la boca.
Por eso, la función más importante de una madre es esa. La incondicionalidad. Una madre es la luz que nunca se va a dormir.

A lo largo de una vida, las personas conocemos muchos tipos de luces y casi ninguna de ellas es fija. Pero no existe casi ningún tipo de fuerza que consiga hacer parpadear a las luces de la familia.
También hay un sol. La meta de toda vida que se precie, que cuesta mucho encontrar. Y como no es oro todo lo que brilla ni Sol todo lo que calienta, los Soles de imitación son capaces de enfriar los corazones más calientes cuando anochecen. Y cuando eso ocurre, es la luz que nunca se va a dormir la que duerme contigo cuando te acuestas llorando por las noches y te levantas con lágrimas en los ojos por la mañana.
Y es la luz que nunca se va a dormir la que habla contigo de madrugada cuando no existen más personas en un mundo lleno de gente. Es ella la que sobrevive a través del tiempo, los kilómetros y las líneas telefónicas.

Gracias por ser mi luz que nunca se va a dormir.
Te quiere tu hija, la ex-niña pre-(muy pero que muy pre)-madre.



23 de abril de 2012

Autodicción y chuletas

Por las mañanas se me atascan los párpados a mitad de apertura.
 Entonces, la luz entra por debajo, como un gato por una trampilla, lamiéndome el cerebro. Me hace cosquillas, pero no me río hasta la hora del café.
Y si no hay café, pues te jodes. 







A media luz, mis pies violan sin ningún criterio el primer par de zapatos que encuentran por el suelo. Ellos son así. Les vale cualquiera. El primero que pillan, porque, en tiempo de guerra, cualquier trinchera es buena. O eso dicen las malas lenguas.
No usamos protección desde que la lavadora desarrolló cleptomanía, pero no pienso comprar calcetines nuevos. Si cogemos alguna enfermedad, nos meteremos los tres juntos en la cama sin esos sucios zapatos, tomaremos ColaCao hasta que se nos inunde el cuerpo, y volveremos a cerrar los ojos para evitar derramar ni una sola gota. 
Y la mañana siguiente volveremos a empezar sin haber aprendido nada. Absolutamente nada. Y mis pies desnudos buscarán unos nuevos zapatos en los que morir de frío.

Como esa, hay muchas otras cosas tontas que nunca se llegan a aprender del todo. De ese tipo de cosas que nos apuntamos en la piel con bolígrafo, pero que solo logramos retener hasta que volvemos a lavarnos las manos.
Gastamos litros de tinta porque fiarse de la memoria es abrazar al riesgo. Si nos valemos de la memoria, esas cosas ridículas tienden a atascarse y no llegar a penetrar nunca en nosotros. Se quedan a medio camino haciendo caravana y obstruyéndonos la vida estúpidamente. Porque nosotros queremos.
Hasta que acabamos llegado a la conclusión de que hay demasiados bolígrafos vacíos y espacios mentales a medio llenar. Y nos ponemos a tocar el claxon durante años. Pero ya es tarde y aquí no se mueve ni Dios. Y comienza a asaltarnos la sensación de llevar toda la vida en el atasco de las cosas que nunca hemos aprendido. Encarcelados en un coche rojo. Porque todos somos, aunque sea en parte, del tipo de persona que se compra un coche rojo porque es llamativo, pero luego tinta los cristales de las ventanillas, para que los demás no vean como se saca los mocos en los semáforos.
Todos somos igual de gilipollas, y al que diga lo contrario deberíamos hacerle nuestro rey. El rey de los imbéciles. Porque aquí nos atascamos todos. No se libra ni el apuntador.
Yo me atasco, tú te atascas, él se atasca... Yo me atasco. Yo me atasco. Me atasco viva.
Soy a la que se le suele atascar la cremallera de los vaqueros, la puerta del armario y hasta la voz en la garganta. Se me atasca la vida a las ocho de la mañana y tiro de la cadena del váter. Y me enjuago la boca antes de hablar de nada porque así gano tiempo para pensar en todo. Pero nunca me enjuago después. Y el sabor a bilis que dejan algunas palabras permanece hasta que le doy un sorbo al Colacao frío que sobró la última vez que nos pusimos enfermos. Y aquí paz y después gloria.

Que yo me atasco, tú te atascas, él se atasca, nosotros nos atascamos, vosotros os atascáis, ellos se atascan. Pero da igual.
Porque tendremos los pies fríos las veinticuatro horas del día y las manos llenas de tinta azul, pero seguimos vivos.





2 de abril de 2012

La agorafobia de las palabras.

Muchas de las palabras que existen en el mundo, tienen agorafobia. 
La mayoría de las voces valientes se encierran detrás de unos labios cobardes, y vuelven hacia atrás hasta regresar a lo más profundo de las tripas. 
Me duele el estómago más de lo que me gustaría.




 Algunas de las palabras que más cuesta hacer salir, son las que suenan a platos rotos. Se clavan en la garganta, y escuece tanto y durante tanto tiempo después de haberles abierto la boca, que desearías no haber roto un plato en tu vida. No haber comprado, siquiera, platos que poder romper. 
 Pero conseguir una existencia sin una sola brusquedad, es prácticamente imposible. Llegar a cierta edad sin haber roto nada es incluso más difícil que conseguir curar una garganta infectada de palabras amargas.
 
 Odiamos las frases que suenan a platos rotos. Pero las más necesarias, las que repiquetean directamente desde una taquicardia, ni siquiera llegan a asomarse por los agujeros de la nariz, por si acaso. Porque nunca saben cuando pueden hacerse añicos; y porque, por lo general, las palabras más arriesgadas son también las más temerosas.
 Y entonces solo escuchamos miedo irracional. Agorafobia. Silencio.

 A veces creo que debería llover durante días, para hacer callar al silencio. Una lluvia negra. Más negra que los grillos de los silencios incómodos. Más negra que la tinta de todas las palabras que no decimos nunca. 
 Debería llover durante días y tronar los ecos de las voces que no suenan en los momentos apropiados. 
 No habría tormenta más perfecta. 
 No se vendería ni un solo paraguas.


19 de marzo de 2012

El cuchillo de palo

Sé que alguien que te repite que "cuando crezcas sabrás lo que es bueno", es alguien que intentará hacértelo saber cuanto antes, aunque todavía no hayas crecido lo suficiente.




 Yo aún no he crecido del todo, pero sé bastantes cosas que son buenas. Lo suficientemente buenas como para ir tirando. Y aunque a veces sean ellas las que me tiren a mí, no me preocupa, porque "cuando crezcas, sabrás lo que es bueno". 
 Fanecas, mejillones, ensalada de pepino, gazpacho... Yo que sé. Adaptarse a la vida es como probar una comida diferente cada día después de años comiendo solo macarrones. Enriquece y te abre puertas hacia nuevas sensaciones. Aunque dejar los macarrones de lado es complicado, "tanto ricos como están"...

 Resulta especialmente complicado adaptarse si se está solo. Cuando uno no levanta más de medio metro del suelo, es difícil ver lo que está en las baldas más altas de la estantería. Y esas cosas de altura, por lo general, suelen ser las más interesantes. Por eso, hasta que no crezcas, es necesario que alguien te las vaya acercando.

 Gracias a ello, aunque todavía no he crecido lo suficiente, ya sé que cuando se tiene edad, o cuando todavía no, hay que leer "El Libro de la Selva", si es tu película Disney favorita. Para que sepas lo que es bueno. O "Notre Dame de París", para que no te distraiga la versión distorsionada del tío Walt.
Pero, precisamente por eso, porque aún no he crecido lo suficiente, todavía sigo viendo las películas que me gustan una y otra vez, aunque me las sepa de memoria. Y para ganar argumentos, aún me queda el respaldo de verlas en versión original.

 Del mismo modo, al igual que hace años que sé que nunca habrá nada mejor que una novela -por buena que sea la adaptación cinematográfica-, que no hay que menospreciar los clásicos, y que nunca se tienen suficientes libros -si son lo suficientemente buenos-. No hace tanto que sé cómo de buenas deberán ser las canciones que se deben escuchar.
 Estas, además de tener buena música, han de ofrecer: o bien una buena letra o bien no decir ni una sola palabra. Porque tener una voz "de sapo atropellado" no impide que alguien pueda ser el mejor de los cantantes si sabe decir lo que queremos escuchar, en el primer caso. Y porque lo que queremos escuchar no tiente por qué estar necesariamente dicho con palabras, en el segundo.

 Menos mal que existe esa segunda posibilidad. Porque si el mundo estuviese hecho solo de palabras, nosotros no nos habríamos dicho ni la mitad. Aunque la mayoría las conozca gracias a ti.
 Menos mal. Porque entonces no podría haberte dicho que, ahora que ya me acuerdo yo sola de cómo se vuelve a casa, he aprendido que se puede estar en casa en cualquier parte. Que una casa es sólo una casa. Una persona es un hogar.
 Que ahora sé que para adaptarse a la vida hace falta que alguien te lea por las noches antes de terminar de enseñarte a leer sola. Que lo prolongue hasta que empieces a ser tú la que ofrezca qué leer y tenga que empezar a ejercer de crítico. Porque, el cuchillo de palo de casa del herrero no era un cuchillo, era un lápiz.

 Que, ahora que ya sé qué cosas hay que pedir "por favor", y por cuales hay que dar las "gracias". No podría dártelas a ti.

 Todavía no he crecido lo suficiente. Pero sí lo bastante como para no tener el folio, con macarrones pegados, de rigor. No hay folio.
 Macarrones sí que había. Pero es que los macarrones he preferido comérmelos, porque"tanto ricos como están"...

Feliz Día al hombre que lo empezó todo.







12 de marzo de 2012

Los mejores

Fuimos tan en presente que ahora sólo somos un futuro en pasado. 
Nunca tuvimos ningún pretérito. 
Por eso ahora los tenemos todos.




Esta mañana, el cristal de la ventana rogaba que saliese el sol. Estaba impaciente. Tanto, que se acercó de tal manera al exterior para mirar la calle que se llenó de vaho a sí mismo.
Yo lo miraba desde la cama. Y estoy segura de que, de no haber estado yo allí, se habría tirado. El vaho es la antesala del llorar de los cristales. Tengo una ventana depresiva.

Tiempo atrás, me gustaba dibujar en el vaho de las ventanas antes de que llorasen. Luego las limpiaba para que no estallasen en llanto.
Es triste ver llorar a un cristal. Además, hay que saber que está bien tenerles contentos, sobre todo si llevas gafas. A no ser que seas una de esas personas que llevan gafas sin cristales para sentir que dan un uso a una cabeza hueca.

Me habría levantado a consolarla esta mañana, pero recordé que antes hacía muchas cosas que ahora no recuerdo cómo hacer, como la cama.
Hacer la cama para uno mismo es como comer patatas fritas con tenedor, o no eructar cuando se está solo.
Es fingir inútilmente.
Y no hacer la cama es la excusa perfecta para quedarse dentro, deshaciéndose el cerebro, y fingir que sigues cansado de no hacer nada.

Antes no fingíamos nunca. Ni siquiera sabíamos hacerlo.
Luego aprendimos. Nos enseñaron, de mala manera, que fingir que sabes lo que haces es más fácil que hacer creer a todo el mundo que haces la cama cada mañana. Y nos fuimos al carajo.

Después de ahogarnos con la primera calada, nos volvimos adictos. Nos apestaba el aliento a mentira, pero ya era tarde. El humo no nos dejaba vernos los unos a los otros, ni tampoco la salida de emergencia. Así que seguíamos fingiendo. Porque, total... de algo hay que morir.
Todavía ahora me escuecen los ojos cada vez que voy a los bares a los que solíamos ir. Todavía no se ha disipado el humo.

Antes, cuando todavía dibujábamos en el vaho de las ventanas, éramos mejores. Los mejores. Pero cuando se empieza a fingir, hay que descender un poco para poder seguir respirando, y es mejor sentarse a la sombra del podio, mirándonos pasar unos a otros sin decirnos nada. Diciéndonos de todo.

Antes, cuando todavía éramos los mejores, la lluvia nos mojaba, pero ya éramos el Océano Pacífico. El sol nos quemaba la piel, pero ya éramos fuego. Éramos tierra y aire haciendo el amor en una tormenta de arena.
Cuando fuimos los mejores no éramos nadie, pero estábamos todos.

Desde luego es mejor ser los mejores que el mejor.
Ahora, los mejores, es una mera sombra de humo.
Resulta algo triste.







25 de febrero de 2012

Cómo convertirse en un auténtico imbécil. Nociones básicas para el tipo de a pie.


Señor usuario, la editorial se congratula en presentarle este tutorial, que le ayudará a convertirse en aquello que siempre deseó.
Al alcance de su mano, nunca de su cerebro.



Bien, como norma básica para empezar, debe encontrar algo que le haga sentirse completamente orgulloso y pagado de usted mismo. Puede ser la más ridícula de las chorradas; no importa el qué, solo debe preocuparse por sentirse superior por ello. Sea todo lo presuntuoso que pueda. Tenga en cuenta que no hay mejor imbécil que aquel que se cree brillante.

Tras haber elaborado su autoconfianza intente conseguir un grupo de borregos que le siga a todas partes. No será una tarea fácil. Pero una vez que se haga con un buen rebaño todo irá sobre ruedas. Sobre todo, recuerde que sus adeptos deben ser fieles y completamente dúctiles. De esta manera, podrá usted moldearlos a su imagen y semejanza.

Una vez acabado esto, esté seguro de no alejarse nunca  del burladero. Disfrute de la protección que le ofrecerá el sentimiento de superioridad recién adquirido, mientras mira por encima del hombro a aquellos a los que, con el tiempo, aprenderá a arrojar al suelo, cual cuco. Regodéese en su egocentrismo.
Si es usted mujer, maquillarse como una puerta, vestir de manera exagerada los días no festivos y actuar como un objeto le sumará puntos y conseguirá un nivel de estupidez reforzado. 
Si, por el contrario, usted es un varón, asegúrese de poner de manifiesto su hombría cada vez que se le dé la oportunidad; y si no se le da, hágalo de todas formas. Sea machista, ruidoso y desconsiderado.

En cuanto al atuendo, la ropa de marca no es necesaria si pone en práctica el contoneo adecuado. Refiriéndose a las mujeres: pronunciamiento exagerado de pecho y trasero al tiempo que inmola sus caderas con todo el peso de su cuerpo, derecha e izquierda según corresponda, hasta llevarlas al borde del descoyuntamiento. En el caso de los hombres: idéntica pronunciación del torso, acompañada de rigidez de los hombros y escasa movilidad de brazos. Para los más egocéntricos, se recomienda la Postura del Estreñido, véase: estado de tensión corporal, producida por la ejecución de fuerza muscular; que tiene como objeto la exposición de unos músculos que requieren el aumento de las horas de gimnasio, en detrimento de la capacidad neuronal.

Si usted es principiante y aún no maneja el contoneo, procure enmascarar su carencia con la ropa más cara que pueda encontrar; y recuerde que mientras su atuendo esté compuesto totalmente por trapitos de firma, el daltonismo está completamente permitido. Tenga siempre presente la regla de oro de la persona “cul”: “Importa el qué, el cómo es algo totalmente secundario”. Esta regla es aplicable tanto a mujeres como a hombres; los cuales, además, podrán coronar su atuendo con la prenda masculina por excelencia, la gorra, complemento ideal e imprescindible en la lista de regalos navideña de este año, que le privará de la obligación de peinarse. Además se les concede la licencia de no quitársela ni para ducharse.

Asegúrese de reír a cada sandez que el chabacano o verdulera de turno diga en su infinito cacareo, aunque ésta carezca de gracia o sentido para usted. Sin embargo, no deberá permitir bajo ningún concepto que cualquier otra persona consiga atraer más atención que usted. Por ello, tras haber reído la gracia de su colega, debe responder con otra sandez aún más gorda. Siempre debe decir la última palabra, aunque ésta se trate de una interjección o un gruñido falto de sentido dentro del contexto en el que se encuentre.

Continuando con la elaboración de la actitud del auténtico imbécil, criticar es tan importante como el aprender a no aceptar las críticas. El sentimiento de superioridad que adquirirá con el tiempo le impedirá tener una visión clara de usted mismo.
La mirada de desdén es un punto importante a trabajar. Para facilitar el trabajo, un buen entrenamiento mirando excrementos de perro conseguirá hacer de usted y de su cara la viva imagen de la repugnancia hacia cualquier individuo.

Una vez conseguidos todos estos preceptos, ¡enhorabuena! Es usted un auténtico imbécil. Tiene total derecho a ser superficial, vanidoso, pueril y engreído. Así que  insulte, apuñale, descalifique, atropelle y critique a sus borregos y, especialmente, a todos cuantos se pongan en su camino hasta que le sepa la boca a hipocresía.

No se reprima. A fin de cuentas, a nadie le importa lo que puedan pensar los demás.




15 de febrero de 2012

Autodestrucción

De pequeña, me gustaba imaginar que todas las baldosas amarillas de la tierra de Oz eran caramelos de miel. 
Después, llegó la vida.
Cuando al fin tuve edad para probarlas, tras el huracán que me sacó volando de La Ratonera, acabé vomitando encima de todas ellas.
¿Por qué?
Porque, en realidad, saben a corteza de limón. Limón amargo.
Demasiado amargo... 
Brrrr





 Nos han estado dando gato por liebre durante demasiado tiempo. 
 Y no. No estamos en un camino empedrado de miel y limón, precisamente, sino encima de un montón de limones colocados en hilera y, si acaso, algo de miel para unir las juntas. Es deleznable cómo nos venden la moto. Ya ni siquiera podemos estar seguros de si estamos realmente en la tierra de Oz o no lo estamos.
 Creo que, ahora mismo, Estados Unidos ha matado y suplantado a la Bruja del Oeste, y traza maquiavélicos planes para invadir el país.

 He oído que quieren abrir un montón de McDonald's en Ciudad Esmeralda, poner 7-eleven por todas partes y hacer que todos los habitantes celebren Halloween y esperen ansiosos la llegada de Santa Claus. 
 Creo que tienen secuestrada a Dorothy, han castrado a Totó y le han comido la cabeza al Mago. Que se ha vuelto un trilero. Un corrupto... Hasta este punto hemos llegado. Hasta confiar en alguien que hacen negocios escondido detrás de una cortina.

 Yo, por mi parte, he dejado mis zapatos de rubí pegados en el fondo de mi último tarro de miel, y parece que no soy la única que al dar con los huesos en el amarillo del camino, no ha visto más verdad que la de que la vida te da muchos limones pero la fuerza justa que se necesita para hacer una cantidad aceptable de limonada.
 Y es que siempre pensé que debíamos hacer limonada con los limones que la vida te da, y no caminos. O al menos eso es lo que todo el mundo dice cuando la boca aún le sabe remotamente a miel.
Pero ahora sé que el corazón, el cerebro y el coraje también se pueden ahogar dentro de un vaso de limonada. Que el hombre de hojalata, el espantapájaros y el león pueden ser la misma persona.
 Que Dorothy tenía razón, que como en casa no se está en ningún sitio y que lo único en que podemos pensar es en lo mucho que queremos volver a meternos en nuestro tarro de miel.
 Pero ya no existe, porque se ha roto.
  Nos lo han roto.
Lo hemos roto.

 Debemos ponernos en marcha para arreglarlo. Y debemos empezar ya. Porque ni el vidrio se sopla solo ni la miel va a hacerse por arte de magia. Eso solo ocurre en los cuentos.
 Pero como siempre es mejor sentarse y esperar a que lo haga otro, seguimos construyendo un camino de limones hacia la autodestrucción.
 En el fondo, parece que nos encanta.




7 de febrero de 2012

"C"

Cordilleras, colinas, campos, ciudades, calles, casas, cuartos, camas.
¿Cuántos cuentos?
¿Cuántos cocodrilos, campanillas, corsarios... conocéis? 
Confesad. Contadme...
Contad conmigo.






 Cuando crecemos, caminamos chocando contra cualquier cristal. Contra cualquier cuerpo. Catastróficamente.
 Consecuentemente, como compensación, creo, contamos con cosas con cualidades colosales. ¿Cómo? ¿Cuáles? ¿Cuesta creerlo?
 Calláos. Contad.

 Cumpleaños, correveidiles, cuidados, cariño, complicidad, cimientos, construcciones, corredores, cornisas, colibrís, canarios, canciones, colegas, compañeros.
 Coser, cantar; chismes, concentración, cerebros, cordura, creencia, confianza, confianza ciega, candor, corazones, caos.
Cretinos, Catrinas. Compromiso, colecciones, cambio. 
 Casualidades, carreras, chupitos, castañas, cogorzas, convicciones, coincidencias, curiosidad, chispas, cabarés. ¿Continuamos?
 Comienzos, charlas, cafeterías, conversaciones, correspondencia, cines, clubes, camas, colonia, críos, caballeros, cenicientas, caperucitas.
Coraje, cicatrices, campeones, copas, cacharros. 
 Cerveza, ColaCao colocao, cacahuetes, calor, color, cortezas. Calma, caminos, celeridad, carreteras, caravanas, camionetas, carromatos, camiones, ciclomotores, curvas, cometas, cielo, costas. ¿Cuesta?
 Carnavales, circo, chocolate, columpios, cariocas, caleidoscopios, carcajadas. Café, curry, canela, caramelos, castillos, ciruelas, cerezos, cerros, cimas. 
 Ciclos. 
 Claveles, camelias... 
 Crisantemos.

31 de enero de 2012

"Deja que fluya"

La circunstancia nos envuelve.
Ante tal afirmación -completamente cierta- uno solo puede hacer dos cosas.
Dejarse llevar o llevar la contraria. 
¿No?
No sé...





 No hay un solo tipo de persona para cada circunstancia, pero hay un enorme grupo de personas circunstanciales. Circunstanciales a secas.
 Normalmente estas personas, que dicen llamarse de primero Carpe y de segundo, Diem; las que piensan que sólo se es joven una vez, son las que pueden ser jóvenes durante toda la vida.
 Esto es, o bien porque es la única forma que aceptan para afrontar la vil existencia de la que se tienen que hacer cargo, o bien porque nunca llegarán a cumplir los treinta.  
 Por su bien, por vuestro bien, por el mío y por el de mi propia salud mental, confío plenamente en que la mayoría de los casos el resultado se resuma a la primera opción. La más Disney de todas. 
 Y a pesar de que no sé si al final siempre se comen perdices o no, ni si nosotros lo haremos algún día, lo que sí está claro es que conoceremos a bastante gente a lo largo de nuestra vida a la que comer perdices le importe francamente una mierda. Y que lo único que les interese sea tener algo en el plato, perdiz o no perdiz, cada día a la hora del rancho. Conoceremos a un montón de diablos, que, gracias a Dios, intentarán hacernos espabilar. O eso espero.

 Por lo general, estos individuos son gente muy interesante, con vidas que pasan de la mendicidad al éxtasis en menos que canta un gallo. Aunque si sus gallos son como yo, de cantar sólo en la ducha, antes de adoptarlos deberían asegurarse de que sean bichos aseados, de lavarse todos los días. Si no, van jodidos.
 Y si no fuese así, supongo que también puede haber mendigos extasiados... ¿No? ¿No? ¡¿NO?! 
 No sé...
 El Carpe Diem está muy bien. No lo niego. A todo el mundo le gusta ser diablo de vez en cuando. Siempre hace más calor en el infierno que en cualquier otra parte, y eso está muy bien cuando la mendicidad aprieta. La brisa de la prisa huele a endorfinas y embriaguez. Pero... si gastas toda tu felicidad hoy, sin guardar una poca para mañana, cigarra inconsciente ¿cuántos préstamos vas a tener que pedir cuando se te acabe, para poder drogar a tus vacas flacas? El recuerdo alimenta a las almas, no a los cuerpos. Y no es tu alma la que te sostiene en pie. ¿O sí, diablo? Dios... No sé. 
 Me imagino a todos ellos sentados en un corral, cual estación de tren se tratase, preguntándose unos a otros ¿Sabes cuánto falta para que cante el siguiente gallo?
 Qué lástima... Qué envidia.

 Hay una voz en mí, que dice que lo mejor que se puede hacer es dejar todo fluya. Podría ser la voz de quien alimenta a los gallos. Podría ser la misma puerta del gallinero. El mismo Carpe Diem. No sé...
 Tiene un fluir que me pone nerviosa algunas veces; muy nerviosa, el resto; y otras tantas, lo veo tan cierto como que la hierba es verde. 
 Comprenderlo es inevitable, compartirlo, opcional, tentador y complicado. Porque si fluyes, te escurres, y no sabes cuándo habrá algo que te pare en tu viaje, río abajo. Y si la balsa  hace aguas, en algún momento del trayecto habrá que nadar. Y si no hago pie, me pongo nerviosa. 
 Me ahogaría hasta en un dedal de agua si no fuese por mi parte diabólica -si es que sigue viva-.Y porque siempre procuro que alguien me agarre con alfileres a las cosas antes de meterme en la vida. Aunque me den un miedo terrorífico las agujas, necesito que alguien me clave un plan y no desasirme de él hasta haberlo concluido, porque si me caigo de esa balsa estoy perdida.

 A lo mejor hay una parte de la vida apartada con una hilera de boyas, como las zonas de la piscina reservadas a los cursillos de natación. Apartada, como el Mar Rojo abierto en dos. No sé... 
 A lo mejor, la gente que vive al otro lado, apartado de la corriente, respira, habla, siente frío y calor, pero no ha aprendido nunca a vivir del todo. ¿No?
 No sé... ¡Mi alma, diablo! ¡Mi alma por algo a lo que atenerme!
 A lo mejor deberíamos ser más Carpe Diem. Hacerle caso más a menudo a esa voz y meternos donde cubre. Sin balsa. A pelo. Donde el ruido de las olas ahoguen el sonido de los gallos y el miedo no se atreva a nadar.
 Dejar que todo fluya un poco más y ser jóvenes toda la vida, signifique lo que signifique. 
 Y perdernos cuanto antes en el Mundo, pero que el Mundo no nos pierda demasiado pronto a nosotros. 
 De otra forma, la vida sería demasiado injusta, ¿no? No sé...

21 de enero de 2012

Histerias para adultos

Creíamos que no podía ser, pero volvemos a las andadas.
Pensamos que te habíamos cortado las piernas, pasado. Pero no. Has vuelto arrastrándote, viejo amigo.
Ya no fabrican hachas como Dios manda.
Ha llegado el afilador. 





Esta historia está basada en histerias reales. Si cogemos la histeria y la desnudamos, veremos un pedazo de historia. Un trozo amorfo de tiempo lleno de celulitis y sin depilar. 
Realmente decadente, lo sé. Pero ¿qué íbamos a hacer nosotros? No teníamos tiempo para arreglarla. Ni tiempo, ni ganas. Además, hay cosas que no tienen arreglo. Que aunque la mona se vista de seda...
Desde luego, no se cuánto tiempo ha pasado desde la última vez que alguien le metió mano a mi historia. O cuándo fue la última vez que lo hizo para adecentarla, y no para pegarle mocos debajo. ¿No es como para ponerse histérico? Los mocos se quitan como el culo. Así que si vienes con otro, te van a dar por el ídem, y un abrazo. Y luego te vas a vestir de seda a la mona de tu madre.
Por otra parte, la decadencia nos adora y nosotros a ella. ¿Por qué negar la evidencia, si ahora lo que está de moda es ser decadente? Durante un tiempo lo olvidamos, pero ahora ha vuelto a invadirnos. Y ojalá me hubiera pillado con la histeria en pelotas. Pero no es así. Después del último giro indeseado le compré unas bragas de cuello vuelto. Y ahora nos encontramos en el punto en el que o demostramos un poco de histeria, o esta historia se va al carajo. 
Pero creo firmemente que es demasiado pronto para fracasar. Todavía podemos hacer algo. 
Todavía podemos desnudarla con delicadeza; sacarle brillo con las manos, con paciencia y esmero, pero desasiéndole hasta del último botón como si el mundo se fuese a terminar mañana. Como si fuese la primera vez, y también la última.
Sin piedad. Pero tampoco miedo de lo que pueda traer pegado después de dejarla ir, que no hay nada que no pueda ser arrancado. Y si no tuviésemos la fuerza suficiente para ello, todo lo termina erosionando el tiempo. 
Es cierto que el trabajo de limpiar la mierda que mi histeria trae a esta historia es una verdadera basura.  Y odio tener que hacer de tripas corazón. Tengo un corazón demasiado escrupuloso. Pero sin histeria, no hay historia. Y para eso no hay escrúpulos que valgan.
Por eso he decidido hacerlo. Desnudar mi histeria y dejar las ventanas abiertas entre parpadeo y parpadeo, para que huya cuando no le esté mirando. Y guardar mis miedos en una caja fuerte con puerta giratoria.

Es demasiado pronto para fracasar. 





11 de enero de 2012

No esta noche

Después de que el reloj de cuco del vecino haya dado la media noche y las Cenicientas de hoy vuelvan a casa, el mundo se vuelve silencioso. 
El silencio es el rock duro de las mentes tormentosas y los adictos a la lluvia. 
Me estoy quitando.
Bibidi, babidi
BU




Cualquier otra noche habría sido una Cenicienta. Pero no una de las originales. No. No hay dinero para tanto...
Una Cenicienta cualquiera. Cualquier otra noche. Pero no esta noche. 
Habría sido una de imitación, de esas que se niegan a volver a casa o que, al querer volver, se pierden por el camino.-Yo me pierdo de miedo. Es terrorífico... 
Cualquier otra noche me habría pintado un hola en la cara y me habría ido sin decir ni adiós. Pero no esta noche. Esta noche no soy otra de esas Cenicientas de incógnito y sin magia, que llegan tarde a las fiestas y cierran bares vestidas de calle con zapatos Made in China. Así que no nos veremos. No nos perderemos juntos. No esta noche. 
No, porque se abre la temporada de jugar al escondite. Nos han soltado en la jungla de Enero sin darnos la bienvenida. No hay ni diversión ni juegos, solo papeles y calculadoras. 
Por eso hoy la cerveza se ha travestido y me ha pedido que le llame café. Y yo me he pedido otro. 
Me tomo el último trago a vuestra salud, Cenicientas de hoy. Esperadme el mes que viene. 
Por lo pronto, esta noche, aunque el reloj ya haya tocado y lleve demasiadas horas vagando por el silencio nocturno sin moverme de mi voz, todavía llevo puestos los zapatos y aún no me duelen demasiado los pies después de haber bailado bajo mi lluvia el rock duro de las mentes tormentosas. 
No debí haberlo hecho. Ahora estoy eléctrica y calada hasta los huesos. Calada. Calada y calzada. Todavía...
Tan calada y tan calzada, que no se si eso me convierte en una Cenicienta con pegamento en los calcetines o en la hermanastra fea. Yo que se... 

Buenas noches y buena suerte, estudiantes del mundo y demás mentes tormentosas.





2 de enero de 2012

Lo recogió del suelo y se lo llevó a la boca

Venimos al mundo con hielo en la piel y el alma ardiendo.
Nacemos y lloramos. Cómo no vamos a llorar... Si tenemos por delante toda una vida de búsqueda.
Una existencia de rastreo de algo que derrita el hielo y termine de fundirnos por completo sin apagarnos el alma.
De caer de brasero en brasero, de mano en mano, de boca en boca. De cama en cama.






Correr mucho y muy lejos es lo único que podemos hacer para liberar el alma y que siga ardiendo sin quemarnos. Hay que lanzarla a la superficie, como una cometa, cuando se alcanza la suficiente velocidad. Dejar que vuele para encuentre los primeros rayos del sol, se alíe con ellos y nos los baje. Pero siempre pendida de un hilo, para que no se fugue con ellos y nos deje en la estacada. Para que encuentre el camino de vuelta desde el laberinto del cielo.
Yo no corro mucho, y no sé cuánto más allá hay que ir para poder decir que se está muy lejos. De todas formas, me aventuré y lancé la mía hace tiempo para que no se quedase a ver el desastre. Para que encontrase mis rayos de sol. Pero me traicionó. Se desasió de mis hilos. Se perdió aposta.
Creímos que había muerto hasta que volvió hace unos días. Herida. Tropezó con un trozo de tormenta y se hizo lluvia. Me trajo tres rayos de tormenta por medio rayo de sol. Ahora todo es charco y estamos plagados de ranas. 
Estamos jodidos, de vuelta al brasero, sin nada en las manos, la boca cerrada y la cama vacía. 
Pero en boca cerrada, no entran moscas. 
En cama vacía, no entran ranas.