2 de abril de 2012

La agorafobia de las palabras.

Muchas de las palabras que existen en el mundo, tienen agorafobia. 
La mayoría de las voces valientes se encierran detrás de unos labios cobardes, y vuelven hacia atrás hasta regresar a lo más profundo de las tripas. 
Me duele el estómago más de lo que me gustaría.




 Algunas de las palabras que más cuesta hacer salir, son las que suenan a platos rotos. Se clavan en la garganta, y escuece tanto y durante tanto tiempo después de haberles abierto la boca, que desearías no haber roto un plato en tu vida. No haber comprado, siquiera, platos que poder romper. 
 Pero conseguir una existencia sin una sola brusquedad, es prácticamente imposible. Llegar a cierta edad sin haber roto nada es incluso más difícil que conseguir curar una garganta infectada de palabras amargas.
 
 Odiamos las frases que suenan a platos rotos. Pero las más necesarias, las que repiquetean directamente desde una taquicardia, ni siquiera llegan a asomarse por los agujeros de la nariz, por si acaso. Porque nunca saben cuando pueden hacerse añicos; y porque, por lo general, las palabras más arriesgadas son también las más temerosas.
 Y entonces solo escuchamos miedo irracional. Agorafobia. Silencio.

 A veces creo que debería llover durante días, para hacer callar al silencio. Una lluvia negra. Más negra que los grillos de los silencios incómodos. Más negra que la tinta de todas las palabras que no decimos nunca. 
 Debería llover durante días y tronar los ecos de las voces que no suenan en los momentos apropiados. 
 No habría tormenta más perfecta. 
 No se vendería ni un solo paraguas.


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