Para que exista una madre,
primero ha tenido que haber una niña. Hasta ahí todo correcto.
Pero para que
exista una niña, primero ha tenido que haber una madre ¿no?.
Lo cual nos
conduce a la eterna incógnita:
¿qué fue antes, el huevo o la gallina?
Creo que puede concluirse que
todas las madres, aunque parezca increíble, también fueron niñas.
Pobres madres… Ninguna sabía
lo que se le venía encima cuando nació. Aunque supongo nadie nace sabiendo si
de sí nacerá otra persona o no (a excepción de los hombres, obviamente).
Una madre no puede saber desde
niña que algún día pasará noches enteras intentando calmar a un monstruo
berreante, ni interminables horas de contar cuentos y mentiras piadosas. Y
tampoco que algún día tendrá que ejercer de taxista, enfermera, asistenta,
banca... ni aprender a poner cara de estar recibiendo un Oscar ante una
cartulina con macarrones pegados. Esa sin duda es la tarea más ardua de todas.
Una niña no puede conocer eso.
Al menos, eso es lo que quiero creer. Porque en el caso de que pueda saberse,
yo no tengo esa certeza; lo cual significa que, o bien soy un hombre, o bien el
mundo no conocerá descendientes míos.
Intento tranquilizarme
pensando que para que cualquiera de esas dos cosas ocurra todavía soy demasiado
jóven. No quiero elegir ni mi nombre de trans ni el de mis hijos, por el
momento. Aunque no sería tan difícil como todo lo que vendría después de
elegirlos, claro.
Por eso intento tranquilizarme
todos los días pensando que soy demasiado joven, aunque me sienta demasiado
vieja. Demasiado vieja para ser una niña, pero demasiado joven para ser una
madre.
Ante semejante desubicación
siempre le queda una aferrarse a eso de decir que es "hija". Así que,
para no mojarme, eso es lo que pone en mi tarjeta de presentación.
Después de toda cavilación posible, se puede extraer la segunda
conclusión del día: Las madres tienen super-poderes. Una persona a la que se
machaca de semejante manera y es capaz de sobrevivir holgadamente, tiene que
tener más de un as escondido en la manga.
No sé cuales son esos ases. Y
como un buen mago nunca desvela sus trucos, supongo que seguiré sin saberlo
hasta el día que me vea obligada a fabricar los míos.
Será un día lejano, confío.
Porque como ya he dicho antes, todavía soy demasiado joven. Pero llegará ese
momento en que me haré con el secreto del sentido extra-sensorial que os
permite percibir cualquier alteración en un hijo. ¿Lo compráis a granel cuando
salís del hospital, verdad? ¿Os lo dan en proporción al peso del niño al nacer
o algo por el estilo?
Ya veré como me lo monto...
Aunque, la verdad, esa es una especie de ley no escrita que tampoco es que me
quite mucho el sueño. Lo que sí que podría llegar a quitármelo es convertirme
en una hija sin madre. Eso sí que son historias para no dormir.
Uno siempre piensa que al
hacerse mayor todo el mundo es lo suficientemente valiente como para que no le
de miedo ninguna cosa. Los niños son demasiado inocentes...
En cualquier momento de la
vida, ser un hijo sin madre supondría algo semejante a que alquien secuestrase
la luz del pasillo y se la llevase para siempre, donde nunca más pudiese
desintegrar a los monstruos que rodean mi cama de noche. O como si de repente
desaparecieran todas las sábanas del mundo y no pudiese dormir tapándome hasta
la boca.
Por eso, la función más
importante de una madre es esa. La incondicionalidad. Una madre es la luz que
nunca se va a dormir.
A lo largo de una vida, las
personas conocemos muchos tipos de luces y casi ninguna de ellas es fija. Pero
no existe casi ningún tipo de fuerza que consiga hacer parpadear a las luces de
la familia.
También hay un sol. La meta de
toda vida que se precie, que cuesta mucho encontrar. Y como no es oro todo lo
que brilla ni Sol todo lo que calienta, los Soles de imitación son capaces de
enfriar los corazones más calientes cuando anochecen. Y cuando eso ocurre, es
la luz que nunca se va a dormir la que duerme contigo cuando te acuestas
llorando por las noches y te levantas con lágrimas en los ojos por la mañana.
Y es la luz que nunca se va a
dormir la que habla contigo de madrugada cuando no existen más personas en un
mundo lleno de gente. Es ella la que sobrevive a través del tiempo, los
kilómetros y las líneas telefónicas.
Gracias por ser mi luz que
nunca se va a dormir.
Te quiere tu hija, la ex-niña pre-(muy pero que muy pre)-madre.
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