15 de febrero de 2012

Autodestrucción

De pequeña, me gustaba imaginar que todas las baldosas amarillas de la tierra de Oz eran caramelos de miel. 
Después, llegó la vida.
Cuando al fin tuve edad para probarlas, tras el huracán que me sacó volando de La Ratonera, acabé vomitando encima de todas ellas.
¿Por qué?
Porque, en realidad, saben a corteza de limón. Limón amargo.
Demasiado amargo... 
Brrrr





 Nos han estado dando gato por liebre durante demasiado tiempo. 
 Y no. No estamos en un camino empedrado de miel y limón, precisamente, sino encima de un montón de limones colocados en hilera y, si acaso, algo de miel para unir las juntas. Es deleznable cómo nos venden la moto. Ya ni siquiera podemos estar seguros de si estamos realmente en la tierra de Oz o no lo estamos.
 Creo que, ahora mismo, Estados Unidos ha matado y suplantado a la Bruja del Oeste, y traza maquiavélicos planes para invadir el país.

 He oído que quieren abrir un montón de McDonald's en Ciudad Esmeralda, poner 7-eleven por todas partes y hacer que todos los habitantes celebren Halloween y esperen ansiosos la llegada de Santa Claus. 
 Creo que tienen secuestrada a Dorothy, han castrado a Totó y le han comido la cabeza al Mago. Que se ha vuelto un trilero. Un corrupto... Hasta este punto hemos llegado. Hasta confiar en alguien que hacen negocios escondido detrás de una cortina.

 Yo, por mi parte, he dejado mis zapatos de rubí pegados en el fondo de mi último tarro de miel, y parece que no soy la única que al dar con los huesos en el amarillo del camino, no ha visto más verdad que la de que la vida te da muchos limones pero la fuerza justa que se necesita para hacer una cantidad aceptable de limonada.
 Y es que siempre pensé que debíamos hacer limonada con los limones que la vida te da, y no caminos. O al menos eso es lo que todo el mundo dice cuando la boca aún le sabe remotamente a miel.
Pero ahora sé que el corazón, el cerebro y el coraje también se pueden ahogar dentro de un vaso de limonada. Que el hombre de hojalata, el espantapájaros y el león pueden ser la misma persona.
 Que Dorothy tenía razón, que como en casa no se está en ningún sitio y que lo único en que podemos pensar es en lo mucho que queremos volver a meternos en nuestro tarro de miel.
 Pero ya no existe, porque se ha roto.
  Nos lo han roto.
Lo hemos roto.

 Debemos ponernos en marcha para arreglarlo. Y debemos empezar ya. Porque ni el vidrio se sopla solo ni la miel va a hacerse por arte de magia. Eso solo ocurre en los cuentos.
 Pero como siempre es mejor sentarse y esperar a que lo haga otro, seguimos construyendo un camino de limones hacia la autodestrucción.
 En el fondo, parece que nos encanta.




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