Soy consciente de la ausencia. Del silencio.
De que las horas que pasan hoy son una copia de las horas de ayer, y un preludio de las de mañana.
Soy tan consciente de todo, que ya no escribo nada. Ni nada ni nadie me escribe a mí. Es así.
Y engordo yo, que soy un montón de folios en blanco, y engorda mi voz, de no moverse.
Soy consciente de que el silencio potencia el sabor de la ausencia. Pero es que hay cosas que se piensan en un idioma que no se puede leer ni escribir. Es protección lingüística. Intimidad.
Aun así, soy consciente de la ausencia. Por eso estoy escribiendo este silencio.
Aunque podría asesinarlo en cualquier momento. Podría hacerlo escribiendo cualquier cosa. Podría escribir, por ejemplo, que fuera va a caer una tormenta enorme. Que hay tarta, pero lo que tengo es sed. Que esta tarde está durando una vida y solo acaba de nacer. Que no puedo esperar para verla morir ni puedo matar el tiempo viviendo en casa. Que oigo mi respiración y la televisión de los vecinos, que están en casa porque fuera va a caer una tormenta enorme.
Podría escribir que ya hace demasiado calor como para pensar en abrigarse, pero no suele hacer sol. Que ha llegado el punto en el que ya no puedo asegurar por dónde sale ni en qué cama se acuesta.
Que yo estoy sentada en la mía, para variar.
Contemplo mi reino sin súbditos.
Soy consciente de la ausencia.
Lo dicho en la cena Isa. Me encanta como escribes, es algo tuyo, sólo tuyo..cuelga nuevos.
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