La Nochebuena es la celebración cristiana del nacimiento de Jesús, que tiene lugar el 24 de Diciembre, víspera de Navidad. Se considera ya como una fiesta de carácter cultural, ya que numerosas familias ateas también lo celebran. Sólo los testigos de Jehová son la excepción, ya que no la celebran por considerarla de carácter pagano.
Ya sabéis, somos unos malditos paganos.
¿No es genial?
Somos unos posesos navideños. Además de paganos, posesos. Necesitamos que nos digan cuándo y cómo debemos ser felices.
Las luces de navidad son la señal lumínica de que debemos encender nuestros corazones y apagar los odios. Apagar los odios, apagar la ira... Apagar. Pero sobre todo, pagar. Pagar mucho.
No nos engañemos, me gusta la navidad. Me gusta, pero a la misa del gallo que vaya el tío Perico, que para eso es su homilía. Y si eso es ser hipócrita -que tengo conciencia de que lo es- ya tengo otro adjetivo más para estas fiestas. Y con este ya van tres.
Estoy segura de que los dulces de navidad contienen un porcentaje de éxtasis. Tanta felicidad concentrada en un solo punto del año es antinatural. Para seguir el ritmo a los que ya llevan poniéndose tibios a peladillas desde Noviembre, no queda otra que ponerse hasta el culo de turrones y mazapanes. Total... Como sigan subiendo, al final será más barato comprar éxtasis con turrón que turrón con éxtasis.
Por mi parte intento ser sana y mantenerme feliz durante todo el año sin ayuda de las drogas. Y, llegado el momento, intento no caer en las redes de la Navidad. Pero no suelo conseguirlo.
Creo que este año tampoco voy a luchar contra la evidencia. Me dejaré arrastrar por el río, mientras beben los peces. Y de paso tomaré un par de copas yo también. Pero a mi salud. Lo siento, niño Jesús.
Feliz colesterol y próspero infarto nuevo.
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